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Octubre 2006 Estuve hojeando el tomo VI de las Obras de Wesley en español
que recoge trabajos de Juan Wesley para responder a los ataques y críticas
al movimiento metodista original[1]. Una de las críticas, especialmente
de algunos líderes de la Iglesia Anglicana, a mediados del siglo
XVIII, era la de ser “entusiastas”. Esa palabra, en el contexto
racionalista y deísta de esa época y lugar, significaba
algo así como “fanático”, dado a expresiones
emocionales e individualistas de la fe religiosa. Algo que no caía
bien en una sociedad que rendía culto a lo “razonable”,
lo moderado, lo equilibrado, especialmente en materia religiosa. Wesley
escribió tres “Llamados a Personas Razonables y Religiosas”
en defensa del movimiento de renovación espiritual que comenzaba
a difundirse por su intermedio en las Islas Británicas, clarificando
el sentido de lo “razonable” y lo “entusiasta”.
El contexto religioso pluralista de nuestros días en América
Latina, con presencia de iglesias metodistas que llegaron hace más
de un siglo a nuestros países, junto a nuevas iglesias y movimientos
religiosos desprendidos de diversas vertientes wesleyanas en las Américas
del Norte, del Centro y del Sur, es bastante diferente del contexto británico
del siglo XVIII (con Iglesia Establecida e iglesias disidentes), aunque
existen paralelos indudables. Al repasar la argumentación de Juan
Wesley me surgió la pregunta sobre ¿cómo concebimos
hoy la identidad metodista? Los metodistas de hoy ¿somos “razonables”
o “entusiastas”? ¿o “razonables” y “entusiastas”?
Wesley respondía a esta cuestión, en el volumen de marras,
con su característico uso de la lógica aprendida y enseñada
en la Universidad de Oxford y su dominio del texto de la Escritura.
1. “Una religión razonable” ¡por supuesto! Wesley
comienza por una afirmación muy clara y general sobre la esencia
de la fe cristiana, que no es obra humana sino don de Dios: “Esta
religión no es otra cosa que el amor: el amor de Dios y de toda
la humanidad. El amar con toda la mente, con todo el corazón, y
con todas las fuerzas al Dios que nos amó primero, fuente de todo
don
recibido y de toda esperanza por disfrutar. Y amar, como a nuestra propia
alma, a toda alma que Dios ha creado, todo ser humano sobre la tierra.
¿No es esto razonable? “Creemos que este amor es la medicina
de toda la vida, el remedio infalible para todos los males de este mundo
desordenado, para todos los vicios y miserias humanas. Donde esto se da,
la felicidad y la virtud van de la mano:
florecen la humildad de espíritu, la amabilidad, la longanimidad,
la misma imagen de Dios, y aflora al mismo tiempo una paz que sobrepasa
todo entendimiento y un gozo inefable y glorioso” (Fil. 4:7; 1 Pedro
1:8). “Esta es la religión que quisiéramos ver establecida
en el mundo, una religión de amor, de gozo, de paz, asentada en
lo más profundo del alma, pero con frutos siempre renovados...
¿Objetarás tú a una religión así, diciendo
que no es razonable?¿No es razonable, entonces, amar a Dios? ¿No
te ha dado Dios vida, aliento y todas las cosas?...¿Qué
tienes que no hayas recibido?... Puesto que Dios es el Padre de toda cosa
buena, es razonable amarle con todo corazón... ¿No es razonable,
también, amar al prójimo, a toda persona que Dios ha hecho?
¿No somos hermanos,hijos de un mismo Padre?” [2]
Razonable, claro... pero creerlo, esperarlo y propagarlo ¡no deja
de ser entusiasmo! O fanatismo, para los “razonables” de entonces
y tal vez para los “realistas” de hoy... Wesley procede, reiteradamente,
a explicarlo y a fundamentarlo, como es usual en él, con sólida
base bíblica y apelación a la experiencia.
2. Un movimiento “entusiasta” ¿en qué sentido?
Lo que los críticos llamaban “entusiasmo”, o fanatismo,
era el énfasis en que estas creencias pueden experimentarse como
una realidad y con una certeza personal, además de ser la confirmación
de la Escritura. Por ejemplo, las metáforas bíblicas de
Wesley sobre la fe: “La fe es la demostración de las cosas
que no se ven” (Heb. 11:1)... es la evidencia divina por la cual
la persona espiritual puede discernir para el mundo espiritual lo que
los sentidos son para el mundo natural...”
Wesley intenta explicarlo de una manera sencilla y razonable: La fe, según
el relato bíblico es “el ojo del alma” por la cual
el verdadero creyente ve al que es invisible (Heb. 11:27)... es “el
oído del alma” por medio del cual el pecador oye la voz del
Hijo de Dios y vive (Jn 5:25, Mr 2:5). Y, “si se me permite”
- continúa Wesley- la fe es “el paladar del alma”.
Por ella el creyente “saborea” la buena Palabra de Dios, “gusta”
y ve que Dios es bondadoso, sí, y misericordioso para con el pecador...(Heb.
6:5; Sal 34:8). En otro tratado, sobre “Las Marcas de un Metodista”,
Wesley sintetiza el tema, como es su costumbre, con un texto bíblico:
“metodista es uno que tiene el amor de Dios derramado en su corazón
por el Espíritu Santo que nos es dado” (Rom.. 5:5).
3. Razonable y entusiasta ¿en América Latina? En América
Latina, estamos viviendo dentro de la explosión del pentecostalismo
y del neo-pentecostalismo, así como del “entusiasmo”
individualista de los “nuevos movimientos religiosos” y las
“espiritualidades alternativas”.
Así que, mientras algunas iglesias metodistas se han “pentecostalizado”,
en la forma y el fervor de sus cultos (el lenguaje de la “alabanza”,
los testimonios personales tomando prominencia), otras iglesias y creyentes
metodistas toman distancia del lenguaje de otros grupos evangélicos.
El lenguaje de muchas declaraciones de iglesias metodistas suena más
a “ecuménico”, “social”, “racional”
que a personal o entusiasta. Nos parece, sin embargo, que, en línea
con nuestra herencia metodista, lo razonable no quita lo entusiasta, y
viceversa; lo social no excluye sino que exige, lo personal.
Lo litúrgico no funciona sin la celebración personal y colectiva.
Es interesante notar que la Iglesia Anglicana del tiempo de Wesley conservaba
ese lenguaje personal de la fe, expresado en forma corporativa, a través
de la liturgia, manteniendo la riqueza de la espiritualidad cristiana
histórica. Wesley daba una importancia fundamental a la liturgia,
recogida en el Libro de Oración Común, en el orden de culto
y especialmente en la celebración regular de la Santa Cena o Eucaristía.
Pero fue en la himnología, generada por el movimiento y la experiencia
metodista, que vino el aporte específico del “entusiasmo”
de la fe personal, sentida, afirmada, proclamada y... cantada.
Carlos Wesley (cuyo tricentenario de su nacimiento se celebrará
en 2007) fue “el cantor del metodismo” que dio curso al “entusiasmo”
de la experiencia personal. De sus más de 6000 himnos identificados,
muchos enriquecen todavía los himnarios de todas las denominaciones
cristianas. Tal vez los metodistas de hoy preservan esta espiritualidad
personalizada, a la vez que corporativa, a través de la liturgia
y el canto, aunque la moda de los “cancioneros” y la popularidad
de ciertos temas y músicas han ido haciendo más selectivos
nuestros himnarios. Además del nuevo recurso de difundir y apropiarse
de liturgias e himnos a través de grabaciones y de la red electrónica.
Esto me recuerda la observación del Pastor Legrand B. Smith, gran
aficionado a la himnología, de que nuestras iglesias deben mantener
las dos cosas: el “himnario”, con toda su riqueza de la herencia
espiritual de siglos de la Iglesia Cristiana, y los “cancioneros”
que recogen los nuevos himnos que van surgiendo en el camino, más
contextualizados a un momento y lugar, y por lo tanto provisorios y revisables
con más frecuencia.
Todo esto nos sugiere la importancia de que los metodistas latinoamericanos,
y todos los que de alguna manera proceden de la vertiente wesleyana de
las iglesias evangélicas, nos planteemos la pregunta ¿somos
racionales o entusiastas?, o, ¿somos racionales y entusiastas en
su sentido más
inclusivo?
Es que el metodismo, como lo entendía Wesley, no pretende ser otra
cosa que una expresión del “antiguo cristianismo” y
la antigua fe bíblica del amor a Dios con toda la mente, con todo
el corazón, con todas las fuerzas y con todo el ser. Y que requiere
de todo el entusiasmo humano para celebrarlo, como lo expresa Carlos Wesley:
Mil voces para celebrar a mi Libertador, las glorias de su majestad, los
triunfos de su amor.
[1]
Obras de Wesley, Tomo VI, Defensa del Metodismo, trad. Mortimer Arias,
Franklin, Tennessee: Providence House Publishers, 1996.
[2] John Wesley, “An Earnest Appeal to Men of Reason and Religion,”
Volume 11,
The Bicentennial Edition of the Works of John Wesley. Edited by Gerald
R. Cragg, Abingdon, Nashville, 1989. |
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